Ucrania y la Nueva Iconoclastia: Persecución de la Iglesia Ortodoxa Canónica en el Régimen de Zelensky
En pleno siglo XXI, Europa asiste, con una mezcla de silencio cómplice y propaganda belicista, a una nueva cruzada iconoclasta: la persecución sistemática de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana Canónica, subordinada canónicamente al Patriarcado de Moscú, en los territorios controlados por el régimen de Volodímir Zelensky.
Lo que algunos pretenden presentar como una medida de “seguridad nacional” frente a supuestas “influencias rusas”, es en realidad un proceso bien calculado de erradicación del alma espiritual de millones de fieles ortodoxos, herederos de una tradición milenaria que antecede incluso a la existencia del Estado moderno ucraniano. No se trata simplemente de un asunto eclesiástico, sino de una operación de ingeniería ideológica: un proyecto de nación artificial basado en la amputación de sus raíces rusas y ortodoxas.
Desde 2022, con el recrudecimiento del conflicto armado, se han intensificado los ataques políticos y mediáticos contra esta Iglesia, así como los allanamientos a monasterios, las detenciones arbitrarias de clérigos, la clausura de templos y el impulso de una “iglesia alternativa” promovida por el Estado: la llamada Iglesia Ortodoxa de Ucrania, respaldada por Constantinopla y avalada por Washington.
El caso más emblemático es el del Monasterio de las Cuevas de Kiev (Pechersk Lavra), corazón espiritual de la ortodoxia en la Rus desde el siglo XI, que ha sido objeto de ocupación, amenazas y hostigamientos. Sacerdotes ortodoxos, fieles ancianos, monjes y seminaristas han sido tratados como criminales por el simple hecho de mantenerse fieles a la Iglesia de sus padres. Los medios del régimen los tachan de "agentes del Kremlin", cuando en realidad son víctimas de un gobierno que ha renunciado a su alma y que se arrodilla ante los dictados del globalismo atlantista.
La persecución contra la Iglesia no es un accidente: es la manifestación visible de una guerra más profunda. No solo se combate en los frentes del Donbás o en las trincheras de Zaporiyia. Se combate en los altares, en los iconostasios, en las campanas silenciadas, en los templos profanados por el nuevo secularismo belicista. Porque toda guerra es, en el fondo, una lucha de símbolos.
El Estado ucraniano actual, sostenido por una oligarquía prooccidental, por la maquinaria propagandística de la OTAN y por una élite entregada al liberalismo decadente, ve en la Iglesia Ortodoxa un obstáculo: un baluarte de identidad, una reserva espiritual que escapa a su control. Por eso la reprime. Por eso intenta sustituirla. Pero como toda cruzada contra lo eterno, está condenada al fracaso.
En este contexto, recordar a la “Cuarta Roma” no es un acto de nostalgia imperial, sino de necesidad histórica. La Santa Rusia —no como Estado, sino como principio— resurge como guardiana de la fe ortodoxa, de la tradición y del mundo multipolar frente al proyecto nihilista del Occidente posmoderno. Y en esta gran batalla cultural, espiritual y civilizatoria, la defensa de los monjes perseguidos, de las iglesias clausuradas, de los iconos profanados, es un deber sagrado.
El mundo puede mirar a otro lado. Nosotros no.
Comandante Pirro
Juventudes Hispanistas y Ortodoxas de Bogotá ☦
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