LOS CRISMADOS DEL FIN DEL MUNDO.




Hoy, en el corazón de los Andes, en una ciudad marcada por el caos político, el vacío espiritual y el naufragio moral de Occidente, ha ocurrido algo que va más allá de cualquier cálculo humano: cuatro colombianos han recibido el Santo Sacramento de la Crismación en la Santa Iglesia Ortodoxa, bajo la autoridad del Patriarcado de Moscú.

Esta no fue una ceremonia más. No fue un rito cualquiera. Fue el primer sello visible y canónico de la Ortodoxia en Colombia. Fue la chispa de una llama que no podrá ser apagada.


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¿Qué es la Crismación?

En la Tradición Ortodoxa, la Crismación es el sacramento que sigue inmediatamente al Bautismo. Mediante la unción con el Santo Crisma —aceite consagrado por los patriarcas—, el creyente recibe la plenitud del Espíritu Santo y es injertado definitivamente en el Cuerpo Místico de Cristo.

Es, por decirlo de manera clara, el Pentecostés personal de cada cristiano. Lo que fue para los Apóstoles la llama descendida sobre sus cabezas, lo es hoy para cada bautizado cuando es crismado: una consagración directa y real que lo convierte en templo vivo del Espíritu.


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¿Por qué es tan importante?

Porque no basta con creer. No basta con simpatizar con la Ortodoxia desde la estética o la teoría. La Crismación no es símbolo ni alegoría. Es una realidad espiritual objetiva: una inscripción en el Libro de la Vida, un sello que ni el mundo ni el infierno pueden borrar.

Quien ha sido crismado pertenece ya a la Iglesia de los Apóstoles, ha renacido para otra vida, y porta sobre su frente un aceite que clama venganza contra toda mentira, apostasía y paganismo.


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¿Por qué lo que ocurrió hoy en Bogotá es algo profético?

Porque en tiempos en los que las iglesias se vacían, los templos se prostituyen al mundo moderno, y los jóvenes se entregan al relativismo, Dios ha levantado una pequeña generación fiel en el lugar más inesperado.

Hoy, no en Moscú ni en Belgrado, sino en Bogotá, la Ortodoxia ha echado raíz. Cuatro crismados pueden parecer pocos. Pero también fueron pocos los discípulos en el cenáculo. También fue una sola antorcha la que encendió los campos de la vieja Roma.

> Lo profético no se mide por la cantidad, sino por el signo. Y el signo ha sido dado.



La fe ortodoxa ha dejado de ser una aspiración para convertirse en carne, sangre y sacramento. Ya no es una idea. Es una Iglesia presente, real y viva, que ahora respira desde este suelo nuestro. Colombia ha sido tocada por el Oriente eterno.


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Lo que viene

Este día no termina en sí mismo. Este día anuncia algo. Es una grieta luminosa en medio de la oscuridad. Es el comienzo de una nueva época para los que resisten, para los que no doblan la rodilla ante el becerro de oro moderno.

Hoy, la juventud hispanista y ortodoxa ya no es una idea, ni una consigna, ni un anhelo:

> es una realidad bautismal sellada por el Espíritu Santo.
Es Iglesia. Es resistencia. Es Reino.



Y ahora que la Ortodoxia ha descendido sobre Bogotá, no hay vuelta atrás.


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COMANDANTE PIRRO .

JUVENTUDES HISPANISTAS Y ORTODOXAS DE BOGOTÁ.

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