EL ULTIMO TREN DE HANS FULA.

Por Pirro Mabus III

Reconstrucción narrativa basada en hechos históricos

Hans Fula sintió el silbido del tren como una despedida. Estaba solo en el andén de Leipzig, con una maleta de cuero viejo, una carta arrugada y un apellido que nadie podía pronunciar bien. Decían que venía del este, de una aldea que había cambiado de bandera más veces que de estación del año. Alemán, decían algunos. Eslavo, murmuraban otros. A él no le importaba. Lo único cierto era que el siglo se acababa y que Europa se hacía más estrecha cada día.

Subió al tren sin mirar atrás.

En el barco que lo llevó a América, aprendió más silencio que palabras. Compartía mesa con italianos, polacos y un niño húngaro que no hablaba con nadie. En las noches, Hans escribía su nombre en un cuaderno: Fuhla. Luego lo tachaba. Lo escribía otra vez: Fula. Así quedaba más simple, más limpio. Como si al perder letras pudiera ganar futuro.

Llegó a Colombia con la lluvia de enero, en una Bogotá de tranvías y calles empedradas. Allí encontró lo inesperado: una librería que buscaba alguien que supiera leer en alemán. El dueño era un radical liberal que coleccionaba libros prohibidos y novias imposibles. Le ofreció techo, pan y un salario modesto.

Hans aceptó.

Pasaron los años como se pasa un sorbo de aguardiente: lento, ardiente, necesario. Se casó con una mestiza bogotana de ojos oscuros y voz firme. Tuvieron un hijo al que llamó Luis Antonio, porque el nombre “Hans” le parecía demasiado pesado para un niño bajo el cielo tropical.

Nunca volvió a Europa. Nunca hizo falta.

En su escritorio quedaron las cartas que nunca envió. Y una foto en sepia, de un joven con sombrero en un andén lejano, justo antes de subirse al último tren.

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